Consejo Comunitario Pandao-Caloto

Está constituido por siete veredas: La Arrobleda perteneciente al municipio de Santander; La Robleda, crucero de Gualí, Bodega Arriba, pertenecientes al municipio de Caloto; San Jacinto y la Dominga pertenecientes al municipio de Guachené. El territorio fue una de las fincas más apetecidos por el esclavista Julio Arboleda. El territorio hacía parte de la hacienda Quintero y la hacienda Japio, propiedad del esclavista Julio Arboleda. Cuentan los abuelos que Julio Arboleda se trepó a un cerro y dijo: “lo que veo desde este lazo hasta esta cabuya es mío” y que eso incluía a personas y animales. La cabuya a la que se refería era el río Palo y el lazo, el río Cauca. Arboleda también era propietario de las haciendas Cupresia, Venecia y La Sofía.
A la muerte de Julio Arboleda en 1862, un señor Olegario Díaz fue el mayordomo encargado de canjear plazas de tierra por trabajo en la zona. Arboleda insistió en que los campesinos trabajasen como jornaleros o pagaran terrajes, pues esta era la forma más eficaz de mantener sus propiedades. Luis Emilse Chará, representante legal y fundador del consejo comunitario, relata que su bisabuelo Cornelio Chará nació antes de 1851, por lo que sus padres trabajaron para pagar por la libertad de su hijo antes que éste se hiciera mayor de edad. Cornelio fue libre a los doce años y posteriormente se hizo a un título de propiedad de un terreno que había obtenido en canje por terraje. Tuvo cinco hijos con Tomasa Castillo, tres hombres y dos mujeres. Una de ellas fue su abuela, Beatriz Chará, quien se casó con Francisco Sánchez y los dos tuvieron otros cinco hijos con tres hombres y dos mujeres. Una de ellas fue su madre, Maura Rosa Chará. A la muerte del viejo Cornelio las ramas no se preocuparon por deslindar legalmente la parte de cada quien. Todos vivieron y trabajaron amigablemente en un indiviso que mantuvieron en el seno de una familia extendida. Por décadas se rigieron por la palabra de los mayores y zanjaron las disputas a través del diálogo. Pero aunque la propiedad era legítima, perdió el valor jurídico por falta de sucesión. Luis Emilse afirma que el caso de su familia no es aislado y que es bastante frecuente en todo el Norte del Cauca. De hecho, en el documento “Proceso de Fortalecimiento Territorial a consejos comunitarios y capitanías” elaborado por el Incoder, el Centro de Estudios Interculturales –CEI y la Pontificia Universidad Javeriana – Cali en 2013, se menciona que el área de este consejo deriva de un caso de indiviso que se presentó en predios de la hacienda La Arrobleda, en una zona fronteriza entre los municipios de Santander, Caloto y Guachené. James Castillo, del consejo vecino de Bodega Gualí, dice que:
[…] Había una comunidad de monjas que eran propietarias de una cantidad de tierras. Ellas manejaban eso y se lo entregaban a un conjunto de familias con esa figura. En otros casos, la gente que por ejemplo, tenía parcelas pequeñas se agrupaba y formaba un colectivo grande. Eso lo hacían titular a nombre de una persona que era el que manejaba todo eso […] (Entrevista con James Castillo)
Las formas de colectivización aparecen no solo en la memoria de terrenos comuneros (caso del consejo de Quitacalzón) sino también de indivisos como el cado de la Arrobleda, en la zona entre Caloto, Guachené y Santander de Quilichao. Caloto-Pandao está ubicado en diferentes veredas que pertenecen a tres municipios diferentes. En las selvas vírgenes a lo largo del río Palo el río, que en la historia se conoce como “Monte Oscuro”, los negros libres cultivaban sus propias tierras con caña, plátano y cacao. Esta zona abarca desde Santa Rita, Alto del Palo y llega hasta Puerto Tejada. El río Palo era la parte inhóspita, la selva. “Los esclavos se volaban y allá era donde se refugiaban. En los bosques del río Palo surgió la leyenda de “lujuria”, un bandido de principios del siglo XIX que salteaba y robaba semillas, herramientas y alimentos de las haciendas. De éste se decía que tenía pacto con el diablo y que no lo atravesaban las balas. Pero la historia más conocida es la que hace honor a su apodo “Lujuria”, que circuló en las cocinas de las casas de los amos. Allí corría el rumor de que “Lujuria” podía satisfacer sexualmente a siete mujeres a la vez.
Árboles como el cachimbo, el árbol del pan y el mestizo, que hacían parte del bosque original, ya desaparecieron. En los años cincuenta, sesenta y hasta el setenta, se montaron aserríos de trozas de cachimbo y con ellas se hacían las cajas para empacar el tomate. Gente de Cali fue la que montó esos negocios. Puerto Tejada era el sitio en donde los esclavos que se habían metido a “Monte Oscuro”, salían a intercambiar sus productos. Como no pudieron controlar la actividad comercial en torno a Puerto Tejada, lo oficializaron en 1912. El gobernador del Cauca lo bautizó como Puerto Tejada, en honor al general Manuel Tejada Sánchez, quien durante mucho tiempo persiguió a los forajidos abrigados en “Monte Oscuro”.
El territorio del consejo comunitario tenía una particularidad: en verano era fácil vivir en las orillas del río Palo y como eran tan fértiles, se facilitaba el cultivo del cacao, el maíz, el tabaco y el plátano. Pero llegaba el invierno y todo se hacía difícil porque se volvía un pantanero. Entonces la gente tenía tierras allá que eran “baldías”, y en invierno se devolvían a las tierras que habían cambiado por terraje o que habían comprado. Por esa razón, los Viáfara tienen tierras aquí y también en Caponera, que es parte del antiguo Monte Oscuro. Aunque la gente ha perdido mucha tierra, algo queda de cómo funcionaba toda esa tenencia.
Existían formas de acceso y regulación de bienes comunes que se regían por mecanismos consuetudinarios. Este era el caso de pequeñas parcelas que todo el mundo usaba sin pedir permiso porque la comunidad las destinaba al pastoreo de animales que también se compartían.
“Aquí había una yegua que la llamábamos la ‘yegua Mera’ porque siendo de los Mera, todo el pueblo la ocupaba. Por ejemplo, que voy a Caloto. Pues me voy en la yegua Mera. Allá la cogía otro y así hasta que los dueños la empezaban a buscar. Lo mismo pasaba con el pilón que se hacía de un palo de los más finos que hubo aquí, que fue el Mestizo. A uno de pequeño lo mandaban a buscar el pilón de los Carbonero pero había que ir de casa en casa porque el pilón pasaba de mano en mano y todos lo ocupaban. Al fin daba uno con él y lo montaba en la carreta. Los dueños no sabían en dónde estaba y tampoco les preocupaba. En las tardes nos poníamos a quitarle la cascarilla a dos manos, cada uno con un mazo de madera que llamamos manilla. Uno decía “manilla”, la descargaba y el otro la sacaba pero mientras lo hacía, respondía con “Pilón” y la descargaba nuevamente. Los niños también eran prestados para pilar arroces de otros. Era una manera fácil, divertida y eficaz de hacer el trabajo. El pilón desapareció más menos hacia el ochenta del siglo pasado, cuando se acabaron las plantaciones de arroz”. (Entrevista con José Emilse Chará).
Hace cuarenta años, la gente solía ir a requisar en una llanada que comienza en Palomocho y que termina en Villarrica. A esa llanada le decían “cansa pobre” y estaba sembrada con arroz que era propiedad de una empresa de tolimenses. Cuando era la época de cortarlo, íbamos detrás de las máquinas recogiendo las espigas que el tractor no cogía o que habían caído. Requisar era una diversión que venía de tiempo atrás, cuando los esclavos guardaban para sí una parte de las abundantes cosechas. La requisa acabó cuando en la década del ochenta, los arrozales se transformaron en potreros. Esa fue la época en que entró el narcotráfico y que empezaron a verse extensiones de terrenos con pastos mejorados, cercas costosas y dentro de sus límites de cien hectáreas, cien novillos o menos pastando.
La violencia partidista fue utilizada por los mestizos para despojar a los negros de la tierra que rápidamente pasó a manos de foráneos ricos. Cambió de mano en mano hasta que volvió a quedar concentrada en unos pocos, mientras que la gente de la localidad se quedó viviendo como jornaleros. Luego vinieron las presiones de los ingenios que jamás delimitaban sus propiedades con cercas, sino con canales de riego que bajaban el nivel freático de las fincas que colindaban con ellos. Al bajar el nivel freático en verano, los cultivos de la finca tradicional se venían al suelo porque no había un sistema de riego. Los nativos controlaban las inundaciones y los periodos secos pero no manejaban tecnologías de riego artificial.
El gobierno nacional llegó en el año de 1968 con el programa de Desarrollo Rural Integrado (DRI). La Caja Agraria le prestó a los agricultores y se apoyó en la gente de la comunidad que fue contratada para ofrecer créditos. La gente malgastaba el recurso, se endeudaba y luego perdía la tierra. A mediados de la década del setenta llegaron también plagas como la escoba de bruja en el cacao y la broca en el café arábigo y los acabó. En el año de 1996 llegó la empresa Agropecuaria Latinoamericana (también conocida como Incubadora Santander). Compraron una hacienda que se llamaba Egipto y que tenía unas 560 hectáreas. Ahí comenzó todo el deterioro del ambiente por los malos olores de los galpones y la contaminación del agua. A falta de planes de gestión social y de manejo ambiental, el consejo comunitario ha solicitado a la Procuraduría que se investigue el licenciamiento de la empresa por parte de la Corporación Regional del Cauca.
Para Luis Emilse Chará, los parques industriales llegaron al Norte del Cauca porque había mucha mano de obra barata que representa un bajo costo para las industrias que los contratan. Este ejército de desocupados es el que llama la atención de las avícolas, los ingenios y las porcícolas. Si el Estado reconoce el territorio ancestral afrocolombiano del Norte del Cauca y les apoya económicamente con la compra de tierras, esto les permitiría participar en un mercado inmobiliario del que hoy están excluidos, y les solucionaría muchos problemas de desabastecimiento alimentario con la reactivación de la finca tradicional.
En esa zona se encuentra el humedal “El Ratón” que nace en la vereda Santa Rosa y Llega hasta municipio de Villarrica. El consejo de Caloto-Pandao propone que el humedal se convierte en un área de manejo especial. El problema del acaparamiento del agua que se mencionó antes, también hace parte de las vulneraciones registradas y verificadas en el área de asentamiento de esta comunidad.