Consejos Comunitarios

Suman 43 los consejos comunitarios.

ACONC estima la población de los consejos comunitarios en los 10 municipios en alrededor de 135.000 habitantes, distribuidos en 30.000 familias, un promedio de 4,5 personas por familia.

 

La categoría de “territorio ancestral”

Para definir la categoría de “territorio ancestral” de las comunidades negras o afrodescendientes que no cuentan con títulos colectivos de un globo de tierra, El ICANH acoge los postulados enunciados por la Corte Constitucional de Colombia en el numeral 93 del Auto 005 de 2009, cuando dice que:
“Para estos colombianos [los afrodescendientes de comunidades negras], el territorio tiene una importancia más profunda que va más allá de un lugar para vivir y sostenerse. El territorio es una expresión de su memoria colectiva, de su concepción de la libertad. Por eso, hablar de territorio no se hace referencia sólo a los titulados colectivamente, sino a los ancestralmente habitados por las comunidades afrodescendientes en Colombia. El territorio es una concepción integral que incluye la tierra, la comunidad, la naturaleza y las relaciones de interdependencia de los diversos componentes. Del territorio también hacen parte los usos y costumbres vinculados a su hábitat que las comunidades afrocolombianas han mantenido por siglos y que se expresan también en los saberes que la gente tiene y en el conocimiento de los ritmos y los tiempos para hacer las distintas actividades”.
De acuerdo a lo anterior, se puede establecer que, a pesar de que las tierras habitadas por los grupos afrodescendientes del norte del Cauca aún no son tituladas colectivamente de acuerdo a la jurisdicción de la Ley 70 de 1993, son “ancestrales” en la medida en que cumplen dos condiciones: (1) que aquellos grupos han tenido una presencia histórica demostrable en la zona, que se remonta varios siglo atrás, y que es el fundamento de una memoria colectiva que hoy los cohesiona como grupo alrededor del valor de la libertad y de la consciencia de saberse descendientes de esclavizados africanos; y (2) que estos habitantes han desarrollado prácticas económicas, culturales y políticas en relación con esos territorios, las cuales se fundamentan en saberes específicos sobre el mismo y su medio ambiente, y se enseñan y transmiten de generación en generación. Se debe aclarar pues, que el sentido de ancestralidad en este contexto no se asocia con la propiedad legal sobre la tierra, sino con los modos de tenencia, trabajo y significación que permanecen a través del tiempo.
Ahora bien, comprender las demandas de reconocimiento, demarcación y protección territorial requiere un conocimiento detallado de las particularidades históricas y regionales, especialmente, de las dinámicas agrarias, ambientales, legales y urbano-regionales de conformación y ordenamiento territorial en distintas zonas geográficas. En este sentido, las medidas de protección y goce efectivo de derechos especiales, especialmente la demarcación y expedición de títulos colectivos de propiedad, debe ajustarse a una comprensión compleja del mundo rural afrocolombiano, particularmente en regiones como el norte del Cauca en donde la problemática de la tenencia, las tensiones agrarias y la concentración de la tierra ha sido un factor constitutivo del conflicto actual.
2. Historia del poblamiento afrodescendiente en la región
La historia del poblamiento de la gente negra en la zona se remota hacia el siglo XVII con el asentamiento de La Toma en 1636. Este proceso ha estado marcado por la búsqueda constante de su libertad. Desde la Colonia hasta nuestros días, el valor de la libertad ha sido encarnado en reivindicaciones constantes de acceso a la tierra, ciudadanía plena y autonomía económica y social. Los conflictos territoriales con hacendados e industriales del agro han constreñido permanentemente la materialización de dichas reivindicaciones libertarias.
El poblamiento afrodescendiente en el norte del Cauca se dio entonces en cuatro fases (Hurtado, 2001; Taussing, 1979). En primer lugar, éste inicia con la actividad económica principal de la provincia de Popayán en el siglo XVI: la instalación de haciendas (Japio, La Bolsa, El Hato, La Arboleda, Matarredonda, San Julián, Pílamo, El Credo, entre otras), trapiches y minas (Gelima, Honduras, Santa María, Caloto, entre otras) que usan mano de obra esclava como se señaló anteriormente (Mina, 2011; Colmenares, 1983; De Roux, 1984; Almario, 2013). En esta fase se llevaron a cabo intentos de fuga y rebelión de algunos esclavos a mediados del siglo XVII que condujeron al refugio en los montes oscuros de las haciendas (los bosques periféricos) y en las orillas de ríos aislados donde había poco control territorial de los hacendados. Esto permite la constitución de palenques en la zona, un tipo de asentamiento que garantizó la permanencia de la población negra allí como un modo de resistencia frente a la esclavitud.
Posteriormente, y en segundo lugar, este proceso de poblamiento se ve fortalecido con la abolición de la esclavitud en el año 1851 y el nacimiento de la economía campesina. Los esclavos, ahora libres, se asentarían en los bordes de las haciendas, ríos y también en zonas de monte y baldíos y crearían fincas con cultivos de autoconsumo. Esto consolidaría la presencia de esta población en la subregión, sobre la cual se construiría un modo de vida campesino y un saber propio. En tercer lugar, se da la fase de prosperidad de la economía campesina entre 1910 a 1950 en la que los pobladores negros logran establecer la zona como una región de liderazgo político y autonomía económica (Hurtado, 2001: 100). No obstante, esto no estuvo exento de los intentos de recuperación del control territorial por parte de los hacendados a través de distintas estrategias jurídicas y económicas de despojo territorial. Tales intentos se renovarían a través del tiempo obedeciendo a los cambios en las dinámicas económicas nacionales y regionales sobre el uso de la tierra como se verá posteriormente. Así pues surge la cuarta fase de poblamiento, desde 1950 a 1985, en la que inicia el auge de “la industrialización azucarera, la disminución de la tenencia de la tierra, y la pérdida de autonomía y liderazgo regional” (Hurtado, 2001: 100). Desde este momento se presencian cambios en los modos de trabajo de los campesinos; hay una gran migración de población a las ciudades; y se acentúan los procesos de urbanización en la subregión (Urrea, 1999).
Durante estas cuatro fases de poblamiento se gestó el proceso de tenencia de la tierra por parte de las generaciones de pequeños productores agrícolas de cacao, plátano, yuca y café. En este proceso se consolida un tipo de economía campesina, la cual tiene algunos períodos de inestabilidad (Taussing, 1979)1. Las actividades agrícolas se complementa con prácticas de minería artesanal (barequeo o tambeo) en los ríos de esta subregión necesarios para dar respuesta a los momentos de inestabilidad productiva. Alrededor de esta dinámica económica propia de tipo complementario se constituye una organización social de los pobladores evidente en el patrón de asentamiento en el territorio y en los modos de trabajo de la tierra. Por una parte, se constituyen fincas sobre las que se gesta un saber, un modo de trabajo y, por otra parte, tipos de propiedad colectiva aún presentes en algunas prácticas y tradición oral de aquellos grupos.

Consejos comunitarios y prácticas tradicionales en territorios ancestrales

El segundo elemento mediante el cual podemos reconocer un territorio ancestral de comunidades negras según el concepto presentado por la Corte Constitucional en el Auto 005 de 2009, es el desarrollo de prácticas económicas, culturales y políticas en relación con esos territorios específicos. Estas prácticas se fundamentan en saberes específicos sobre el territorio y su medio ambiente, y se enseñan y transmiten de generación en generación. Las comunidades afronortecaucanas son pequeños enclaves entre las plantaciones de caña de azúcar en donde se concentran familias que a duras penas poseen un patio para sembrar alimentos o criar animales. La lucha por adquirir propiedad colectiva y la consecución de nuevos terrenos donde los consejos puedan fortalecer sus proyectos de ambientales y de buen vivir, conservando la propiedad familiar existente.
La reconstrucción de la memoria de la esclavización es muy marcada en las comunidades afronortecaucanas, a diferencia de otros lugares como el litoral Pacífico en donde predomina el olvido y formas muy difusas y discontinuas de recuerdo. De ahí que la continuidad de sus prácticas y representaciones territoriales se manifiestan en memorias de la hacienda esclavista, sus transformaciones y las luchas entre sectores sociales en torno a la tierra (por ejemplo, las memorias de indivisos y terrenos comuneros), las formas recíprocas y redistributivas de la economía campesina afronortecaucana (las llamadas requisas), la experiencia de la modernización regional entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del siglo XX y las formas de gestión de los bienes ecológicos como el agua.
El concepto de la “finca tradicional” de cacao, café y productos alimenticios para el consumo y parte de la producción agrícola para el mercado, es una historia y una proyección compartida por estos consejos comunitarios. Entre las prácticas culturales de las comunidades organizadas en consejos comunitarios de los municipios de Corinto, Padilla, Guachené, Villarrica, Caloto y Santander de Quilichao, se destaca la “finca tradicional”. Como ya se mencionó, este complejo productivo de la economía campesina afrodescendiente tiene su origen en los libertos y huidos durante el siglo XVIII, y en sus asentamientos ubicados en la espesura de los bosques, a orillas de los ríos, zanjones y pantanos del valle del río Cauca y sus montañas colindantes. Durante el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, las fincas (campesinas) prosperaron y aseguraron la libertad de la gente negra de esta zona.
Este modelo suponía la división del espacio geográfico entre las zonas de inundación estacionaria del río Cauca y las zonas aptas para ganadería y cultivos extensivos. Mientras estas últimas zonas constituían el espacio de la tradicional hacienda caucana de herencia colonial, las zonas de inundación daban vida no solo a bosques cenagosos, sino a comunidades afrodescendientes que subsistían de la pesca, la cacería, la agricultura de pan coger y la comercialización de café, cacao, plátano y tabaco. Si bien estas zonas cenagosas y boscosas fueron despreciadas por los latifundistas caucanos, el acceso a ellas por parte de los afrodescendientes no siempre estuvo a su disposición. Las haciendas, que controlaban muchos de dichos pantanos y bosques, regularon el acceso de los campesinos a ellos, condicionándolo a su vinculación como mano de obra en los hatos ganaderos o en las plantaciones de las haciendas. Son pocos los casos en los que la finca se desarrolló de manera libre y autónoma.
La estructura de las fincas tradicionales simula y convive con el bosque típico de la región. Junto al cacao, y al café y a las distintas variedades de plátano, se entremezclan árboles frutales y maderables como cachimbo6, písamo, zapote, cedrón, guamo, pomarrosa, árbol del pan, caimo guayabo, mango, naranjo, corozo, guadua, aguacate, chirimoya y otros. De igual forma, arbustos que semejaban el sotobosque como bijao, iraca, limoncillo, granadilla, zapayo, rascadera, cilantro y perejil (Mina, 2011: 189-190). Las hojas que caen de los árboles alimentan el suelo, conservan la humedad e impiden que las malezas crezcan (Friedemann y Arocha, 1986: 211). En la década de 1970, Taussig estudió la alternancia entre las cosechas de café y cacao a lo largo del año, lo que les permitía a las familias campesinas un acceso permanente a la comercialización de productos y a dinero corriente. Estos elementos demuestran saberes ecológicos que hacen parte de la cultura afrodescendiente del río Cauca y de su conexión con esos territorios ancestrales.
La evidente presencia de fincas tradicionales donde aún se cultiva cacao, café y plátano (productos tradicionales) por las generaciones de adultos mayores que hacen parte de los Consejos Comunitarios son un proyecto productivo transmitido de generación en generación. Sobre éste se gesta la conformación de familias campesinas en la zona. Este conocimiento y trabajo productivo se basan en la “cambio de mano”, un modo de trabajo colectivo guiado por los vínculos de parentesco y de género entre las familias (Restrepo, 1988; Caicedo, 2001). Pero además de ser un modelo productivo tradicional, las fincas se constituyen sobre la base de la relación entre los pobladores y el entorno. Hay un manejo y saber particular de la ecología, las geoformas, temperaturas y fauna de la zona geográfica de la subregión del norte del Cauca. Por tanto hay un conocimiento propio de los afronortecaucanos de su territorio.
Ahora bien, la expansión del cultivo de la caña de azúcar rompió las articulaciones sociales y ecológicas de los campesinos con su medio ambiente y con las haciendas. La tecnificación del cultivo implica la contratación de mano de obra permanente que transita por las distintas plantaciones del valle del río Cauca. Esta modalidad laboral amenaza con romper los vínculos territoriales y comunitarios de los trabajadores con sus propias veredas y fincas, dando vida a ciudades dormitorio como Puerto Tejada, Florida y Pradera. Una gran masa de afrodescendientes no logra vincularse a la industria cañera y engrosan los cinturones de miseria de estas mismas ciudades y otras como Cali y Santander de Quilichao. A través de nuestras visitas en campo, pudimos explorar cómo experimentan este proceso de desterritorialización cada una de las comunidades objeto de este concepto.
Sin embargo, la finca tradicional persiste pese a que la expansión del monocultivo de la caña y la renovación capitalista de los latifundios las afectó y con ello, a todo el complejo cultural afrodescendiente de las orillas del río Cauca. La viabilidad ecológica del modelo campesino y la adaptabilidad pese a las condiciones adversas se evidencia en la persistencia de algunas parcelas que pretenden recuperar ese viejo modelo de adaptación socio-ecológica que sustentó la vida campesina frente a los constreñimientos del medio ambiente y los impuestos por las haciendas (Arocha, 1995 Vélez et al, 2014). Las fincas tradicionales subsisten con el riesgo de desaparecer, y con ellas, lo que queda de los saberes ecológicos y sociales que se han transmitido de generación en generación a lo largo de tres siglos. Por esto, la “finca tradicional” no es solo una memoria del pasado sino también una apuesta política de los afronortecaucanos, como se refleja en sus proyectos de buen vivir como la reintroducción del cacao, el café, la caña y los frutales, así como las técnicas de ancestrales de siembra, la política de soberanía alimentaria en la aplicación diversificada de cultivos, la inserción dentro de la cadena productiva de productos promisorios y la protección de nacederos, quebradas y otras fuentes hídricas. A pesar de la reducida propiedad de la tierra, estas poblaciones comparten un manejo y tenencia de la tierra a través de prácticas políticas, sociales, económicas y culturales transmitidas de generación en generación. Esto es evidente, a partir de la historia local de cada consejo que da cuenta de la constitución de fincas tradicionales que conservan algunos pobladores; los modos de organización social y política a través de Consejos Comunitarios; la construcción actual de viviendas en veredas y centros poblados; la tradición oral y medicina tradicional, entre otros.